El otro día, debido a la muerte de un pariente cercano tuve que acercarme a uno de los tanatorios que tenemos en Madrid. Lugar
curioso en el que se suele emitir la frase “no somos nadie”, y donde unos
lloran, otros miran, y otros curiosean.
¡Descubrir la cara de la muerte como valioso objeto de venta fue todo un descubrimiento!
Allí, no sólo hay vendedores de coronas, y chicos
que te entregan publicidad sobre la floristería de turno, sino que también, una
revista, si es que así se la puede llamar, te da la despedida con un “Adiós”
(ese es su nombre) antes del fatídico final.
En este panfleto se pueden encontrar desde anuncios
de hornos crematorios que dan fe de “su gran experiencia y calidad” a la hora
de combustionar cuerpos ajenos y no tan ajenos, hasta artículos que hablan del
transporte funerario o la tanatopraxia
como técnica “ideal” para dejar a la “persona fallecida acondicionada y
conservada, tal como fue...y no como un mero cuerpo a merced de la degradación física”.
Pues que quieren que les diga, yo reclamo una muerte
digna; sin conservantes ni aditivos. Bastantes aditivos tenemos que poner en
nuestra vida diaria, como para que en nuestro último descanso no nos dejen
dormir en paz.
Yo no quiero que maquillen, ni que limpien, ni
reconstruyan mi cuerpo. Tampoco pido que lo combustionen para que no quede nada
de mí. Sólo pido como último adiós, un beso, una humilde despedida y que mi
cuerpo vuelva a la tierra para convertirse en el alimento, que quizá algún día, permita hacer brotar una semilla.
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