lunes, 27 de mayo de 2013

La muerte se sirve fría


El otro día, debido a la muerte de un pariente cercano tuve que acercarme a uno de los tanatorios que tenemos en Madrid. Lugar curioso en el que se suele emitir la frase “no somos nadie”, y donde unos lloran,  otros miran, y otros curiosean.

¡Descubrir  la cara de la muerte como valioso objeto de venta fue todo un descubrimiento!
Allí, no sólo hay vendedores de coronas, y chicos que te entregan publicidad sobre la floristería de turno, sino que también, una revista, si es que así se la puede llamar, te da la despedida con un “Adiós” (ese es su nombre) antes del fatídico final.

En este panfleto se pueden encontrar desde anuncios de hornos crematorios que dan fe de “su gran experiencia y calidad” a la hora de combustionar cuerpos ajenos y no tan ajenos, hasta artículos que hablan del transporte funerario o la tanatopraxia como técnica “ideal” para dejar a la “persona fallecida acondicionada y conservada, tal como fue...y no como un mero cuerpo a merced de la degradación física”.

Pues que quieren que les diga, yo reclamo una muerte digna; sin conservantes ni aditivos. Bastantes aditivos tenemos que poner en nuestra vida diaria, como para que en nuestro último descanso no nos dejen dormir en paz.

Yo no quiero que maquillen, ni que limpien, ni reconstruyan mi cuerpo. Tampoco pido que lo combustionen para que no quede nada de mí. Sólo pido como último adiós, un beso, una humilde despedida y que mi cuerpo vuelva a la tierra para convertirse en el alimento, que quizá algún día, permita hacer brotar una semilla.